A PONTENOVA – TARAMUNDI – SERRA DE OUROSO - VILANOVA d´OZCOS

Día 10-9-02. Pocos minutos después de las 7 de la mañana, me apeo del bus de Alsa en A Pontenova, pueblo de la provincia de Lugo a la vera del Río Eo, aún es noche cerrada así que, con el fin de hacer algo de tiempo y prepararme para la jornada, en una cafetería abierta me tomo un buen tazón de café con leche y antes de las 7,30 ya estoy caminando, en continuo ascenso, por la carretera de Taramundi, con la precaución de llevar la linterna en la mano para avisar al llegar algún vehículo, tanto por delante como por detrás, la carretera es bastante estrecha y con muchas curvas.

Aldea de Veigas y Valle del Turía

A Pontenova está a 80 metros de altura sobre el nivel del mar, por tanto he de ascender a más de 1.000 metros, que será la cima de la Serra de Ouroso, el punto culminante de la jornada. El cielo estrellado es el anuncio de un maravilloso día, eso sí, la temperatura en estos momentos no debe ser superior a los 6 grados, por tanto he de ir bien abrigado, luego será otra cosa bien diferente. A la vista de los pronósticos meteorológicos, ayer tarde no me lo pensé dos veces, a terminar de recorrer los hermosos lugares que aún me quedan por Asturias. Voy ascendiendo por el valle del Río Turía mientras el sol comienza a iluminar el cielo y las cumbres, aquí abajo va clareando poco a poco pero enseguida empiezo a notar el ascenso de la temperatura, también el esfuerzo al subir me hace sudar, por tanto a desprenderme de ropa. Cruzo pequeñas aldeas y a mi izquierda, en un alto, sobresale el Monasterio de Conforto, los manzanos, castaños, nogales, robles, etc. comienzan a desprender sus frutos que caen al suelo para regocijo de algunos animales que se pueden dar un buen festín. Me cuentan los lugareños que en los últimos días ha llovido con cierta intensidad, cosa que se aprecia fácilmente, las plantas y el suelo aún conservan la humedad, incluso en algunos sitios los árboles gotean y en otros, algo más altos, la hierba y los matorrales están aún blancos al darle los rayos del sol, las laderas de las montañas chorrean profusamente y los arroyos bajan bien alegres.

Aldea de Santa Marina

Cuando me voy acercando a la bonita villa de Taramundi, ya dentro del Principado, su iglesia toca las nueve campanadas, he recorrido unos 9 kmts. Establezco una comparación con la vez anterior, a primeros de agosto, nada que ver, en aquella ocasión había lleno total de gente, coches, ruido, calor , sofoco, prisas, etc. etc. Hoy, sin embargo, el panadero me recibe a la puerta dispuesto a una charla si peta, la dueña de la cafetería, que me sirve el café y los dulces, me atiende con cordialidad, las tiendas son abiertas con pereza y lentitud, ningún coche por las calles, los cuatro dependientes me miran con extrañeza, total que Taramundi es para mí solo, lo disfruto como quiero, veo y camino por su plaza, contemplo las tiendas de artesanía, todo con verdadero deleite. Tomo el conocido camino de descenso a la ribera donde se ubica el Museo de los Molinos, subo al puente a admirar las canalizaciones del agua, su entrada y salida en el restaurado molino, las piedras de moler que hay por los alrededores, naturalmente el museo está cerrado, pero ahora es cuando puedo curiosear con placidez sin ser mirado con desdén por los visitantes y encargados, pues el molino y sus alrededores son la mejor joya del museo.

Aldea de Turía

Un paisano que atiende la huerta me ofrece su consejo para el comienzo de la jornada, me recomienda, ya que he visitado con anterioridad Os Teixois y otros lugares como As Mestas, Teixo, etc. etc., no debería perderme la Ruta del Agua. Acepto gustoso su amable consejo y rápidamente tomo un caminito alfombrado de hierba húmeda, con un letrero indicador, hasta un viejo puente de pizarra que cruza el Río Turía, llamado de la Escaderna, para penetrar en un abigarrado bosque de castaños, abedules, robles y hayas, ahora penetrando los rayos del sol entre la densa vegetación. La senda toma altura hasta encontrarse con un camino asfaltado, donde un letrero invita a visitar una cascada a través de un estrecho sendero y por un vallecito paralelo, es el Arroyo da Salgueira. Tomo la desviación y ahora la penumbra es total, el sol no puede penetrar a través de la fosca maraña de hojas, ramas, troncos, que conforman una verdadera selva tropical. Voy subiendo por el cauce del arroyo, pisando lajas de pizarra cubiertas de musgo y líquenes, sin peligro de resbalarme pues no están demasiado húmedas. Es un paisaje tropical con una temperatura muy agradable, el humus despidiendo el olor y humedad habitual, pero lo más importante es la quietud y soledad, donde la naturaleza se puede escuchar sin ningún ruido ajeno.

Taramundi desde el Alto de Gestoso

Después de quince minutos andando llego a una especie de pared por donde se desprenden varias cascadas que me recuerdan a la Cascada da Seimeira en Santalla, es verdad que la época del año no es la apropiada pues el caudal es algo reducido, pero puedo imaginarme este lugar en plena primavera, el atronador ruido del agua, la fina lluvia desprendida, otro espectáculo bien diferente. A pesar de todo bien ha merecido la pequeña desviación de la ruta, sobre todo por la intensa vegetación y la placidez del lugar. De nuevo estoy en la pista asfaltada que me lleva a Esquíos donde termina, lo que es una casa de pizarra, habitada por un paisano dedicado a la elaboración artesanal de navajas.

Taramundi y Teixo desde el Ouroso

No estoy seguro si el paisano es algo sordo, o yo no quiero hacer mucho ruido, la cuestión es que sigo una senda que se interna en el abigarrado bosque hasta un punto donde hay dos alternativas, se puede descender a cruzar el Río Turía y seguir hasta el conjunto etnográfico de Os Teixois, lugar ya visitado, o bien seguir hasta la aldea de Veigas, pueblo bien conservado y convertido en hospedería con todos los servicios en un recóndito valle perdido del mundanal ruido. Pero sigamos el hermoso y bien conservado camino que cruza una extensa masa arbórea de viejos castaños, abedules y robles, constantes arroyos bajan de las montañas con el arrullo de sus cantarinas aguas. Caminar por la senda significa disfrutar de la tranquilidad y placidez de un lugar que está ahí bien cerca, no tenemos que coger el avión, ni reservar habitación en ningún famoso hotel, solo decidirnos y llegar a él, está a pocas horas de casa. Según me voy acercando a la aldea, que en ningún momento tengo a la vista, pero que intuyo, pues aparecen las paredes de pizarra bordeando el camino y grandes muros de contención bien elaborados, me indican que Veigas está bien cerca. La pequeña aldea conservada y restaurada para confort de visitantes, tiene una pequeña iglesia y está enclavada en un remoto valle cubierto de vegetación y con mucha agua, sus estrechas calles, hórreos, las cuatro casas, todo conservado en su origen que me parece haber retrocedido cientos de años en el tiempo. Una amable encargada del Centro de Turismo Rural de Veigas, que así se denomina, atiende mis curiosas preguntas sobre el lugar y otras indicaciones para la continuación de mi periplo. Son las 11 y ahora he de realizar un fuerte ascenso para tomar una pista asfaltada, que me llevará a la aldea de Santa Marina de Turía. Paso al lado de numerosas colonias de colmenas y tomo la pista que viene de Os Teixois, he de desprenderme de casi toda la ropa, el fuerte desnivel y el comienzo del mediodía me hace sudar copiosamente.

Villanueva de Oscos

En la aldea de Santa Marina, una amable señora, con ganas de palique, me deja llenar la cantimplora y me orienta debidamente sobre el itinerario que he de seguir a continuación, el ascenso a la Serra de Ouroso. Al estar a 700 metros de altura, las vistas comienza a ser espectaculares, hermosos alrededores muy verdes y pequeñas aldeas desperdigadas por las lomas. Dejo atrás una vieja casona, restaurada, cuyo propietario debió ser un rico terrateniente, sin embargo y como contraste, la aldea conserva la humilde estampa de las necesidades más elementales. Sigo tomando altura por la pista asfaltada, parándome a veces para saborear las ricas zarzamoras, gordas y bien maduras, frescas aún de la lluvia caída recientemente, las como a dos manos. Llego a Couso hacia las 12,30, una gran casona de pizarra dedicada ahora a establo de ganado y algo más adelante un cruce de pistas, estoy a más de 800 metros de altura, dando vista a la otra vertiente, la del Navia. A lo lejos todo el Cordal Cantábrico entre Leitariegos y los Ancares, es una extraordinaria vista, con una luminosidad y claridad increíbles. Cuando vuelvo la vista atrás, hacia el mar, lo mismo, los pueblos de la costa y el azul intenso del agua, todo un espectáculo. El verdor de la comarca de los Oscos indica lo benigno de las temperaturas del verano y las recientes lluvias, me indican los paisanos que raro ha sido el día de agosto en que no haya habido nieblas intensas, yo mismo las he experimentado la vez anterior, es como estar en la primavera ahora en septiembre. Tomo hacia el Alto de Gestoso, ya superando los 900 metros de altura, sobre cuya cima hay una antena, aquí al abrigo de los pinos, siendo la una del mediodía, tomo asiento en la mullida hierba, saco el mantel, bueno es un decir, en realidad la caja de seis casadiellas que compré en Taramundi serán almuerzo más que suficiente. Son una especie de rollo de hojaldre que envuelve una pasta de nueces y anís, riquísimas, con tres de ellas me dejan para dormir la siesta. Después del descanso, retomo el ascenso por la Serra de Ouroso, dando vista hacia el nordeste a la Serra de Bobia, ésta algo más alta, a màs de 1.200 metros y con un parque eólico en sus cimas. Llego al Alto de Ouroso a 1.031 metros, con una gran antena y una caseta de vigilancia contra incendios, ahora comienzo el descenso al Puerto de la Garganta, vaya diferencia con la vez anterior, la niebla no me permitió ver más allá de 10 metros de mis narices, hoy puedo ver distancias de 100 kmts. con un sol radiante y una temperatura deliciosa. Son ahora las 2,15, tomo la carretera que desciende a Villanueva de Oscos, que se ubica a 6 kmts. del puerto, voy por el Barranco de Villanueva, que en un punto salva un gran desnivel por varios escalones de pizarra a través de una bonita cascada entre un bosque de altos abedules. Llego a Vilanova d´Ozcos a las 3,30, la altura es de 648 metros y en el primer bar me tomo un refresco y pregunto sobre los servicios de transporte que pasan por la villa, ninguno me dicen, pues que bien, tendré que tomar una decisión, de momento me dedicaré a visitar un gran monasterio, algo deteriorado, donde hay un habitáculo público con explicaciones amplias sobre el lugar. Es el Monasterio de Santa María de Villanueva, se concede bajo la Regla de San Benito en el siglo XII, pasando por etapas bien diferentes, en la zona se explota la extracción de oro ya en épocas romanas y los monjes tienen momentos de cierta mejora económica, pero algunos conflictos con los lugareños, guerras, caída de la explotación del oro, etc. etc. traen la decadencia y ruina de la gran propiedad. Se han descubierto castros, monumentos funerarios y paganos y algunas otras excavaciones relacionadas con las explotaciones mineras romanas.
Decido terminar la jornada y volver a casa, los dueños del bar, Elvira y un joven de Cali (Colombia) tienen que ir hasta Vegadeo a realizar unas compras, así que amablemente se ofrecen a llevarme. Una vez con el billete de vuelta en el bolsillo, la hermosa tarde al lado del mar será larga y bien aprovechada, un taxi me traslada hasta Tapia de Casariego y Castropol, visita a los puertos, playas donde los pocos turistas toman el sol y los baños de mar, ahora en la relajada placidez de septiembre. Respiro el yodo marino, disfruto de los bellos alrededores donde el batiente mar ha horadado grandes cavidades en las rocas, conformando pequeñas y recoletas playas, para regresar a Vegadeo y pasar las últimas horas hasta las 10 de la noche, un pulpo a feira y unas copas de alvariño enfrente del mar sirven de colofón a una jornada que bien vale por 3.